El Rechazo

Escribe: Julio Páramo
Dedicado: A Mijaíl Cardenas, mi primer lector; Renan Alvarado y Edward Pinto, heroés y decadentes
Tenía las manos inquietas mientras jugaba delicadamente con la jirafa de porcelana,  contemplaba de ratos las luces que se iban  formando por efectos de la luz en el candelabro de bronce que le había dejado su abuelo como regalo.  Imaginaba de pronto a su abuelo como minero mientras subía las cumbres en busca del metal precioso, pensaba  que estaba  enloquecido por la fiebre del oro, y de cómo  había muerto ebrio en Castro Virreyna, lo recordaba gruñendo al igual que un oso.
Hoy Luis se sentía cruel, súbitamente distraído, angustiado por haber quebrado el juego de té  de su madre mientras jugaba al fútbol.
-¡Camaleón! tocaba el balón  como un crack, llevaba la pelota al ras del piso, pisaba  fuertemente el balón y señalaba a la multitud eufórica aclamando su nombre, gritando: – Yo soy Lolo el único hombre que le reventó el arco a Hitler-. Bruscamente apareció en la escena barriéndose con los pies  en  alto, presto a romperle las canillas,  el pingüino su archirrival. Luis por su parte esperaba la pelota estupefacto con una tranquilidad parsimoniosa, esperaba el pelotazo  sin que nada mas le pudiera inquietarle en ese instante, menos aún los disparos  del pingüino. Con las manos sucias, algo sudadas esperaba la manera de  lanzarse como un gatito. Brutalmente, girando se  le acercaba en cámara lenta el obús del pingüino, sin duda este tenía mala puntería y erró el disparo que venía como un relámpago al arco que simulaba ser el portón  de su casa colonial. El tiró salió desviado,  para su mala suerte directamente a la cocina de su madre al momento  de que  ella se encontraba sirviendo el té en la tetera que le había dado de regalo su tía Ifigenia por su matrimonio.
Ese día a Luis le resondraron fuertemente y le retaron a no seguir jugando un deporte de negros. Por esa tarde Luis se quedaría encerrado en su habitación contemplando las  raras  sombras de su candelabro, pensando en la refracción y en el examen de Física que tendría que rendir el lunes con el pelado, echado en su cama con un lapicero y una libreta comenzaba a escribir su primera historia.
Era lunes, y no había entendido nada acerca de la velocidad de la luz, La teoría de la relatividad, el movimiento de los planetas, los campos magnéticos, E=mc2. Solamente tenía en la cabeza  la imagen impresa de Einstein sacando la lengua como un loco.
Esa misma mañana la había visto pasar risueña y dando pequeños saltitos, mientras se acercaba  muy cerca de él en el paradero del autobús, ella ni lo miraba, se encontraba absorta  mordisqueando su  manzana verde, saliéndole pequeños chorros de jugo de su manzana, raudamente abordo al carro y se marchó. Luis se quedó contemplando su guardapolvo blanco y sus posaderas planas, cuando  trepaba el autobús. Por esa mañana arribó tarde al colegio, le hicieron correr  diez vueltas alrededor del patio. Los curas miraban inquietos a la tropa agitada que iban rebuznando como burros, esperaban agarrar a  alguien cansado para darle algunos cuantos puntapiés. Luis por su parte no podía parar y se sentía agobiado, pensaba en  Dora, su vecina la culpable de su tardanza  y en Eleodora la mujer del lupanar que había visto salir de un hotel  junto a  su tío en la calle teatro. Pasado su castigo entró a la clase  y se sentó en la última carpeta, mientras  todos  se reían al unisonó, nadie le hacía caso al  maestro de Historia Universal, era demasiado viejo y  andaba perdido en la Ilíada de Homero, juraba que era amigo personal del presidente Manuel Prado y le había hecho ganar en una carrera de caballos, hablaba lanzando escupitajos cuando repetía  la frase de Bolognesi en la defensa del morro:”Moriré hasta quemar el último cartucho”. Así es como murió ofrendando su vida. ¡Jóvenes! Por la defensa de este país el Coronel Bolognesi héroe insigne y con un gran vocación de servicio a la patria, nadie paraba de reír, escuchen la historia de Alfonso Ugarte y sobre su caballo blanco lanzándose al mar ¡Desgraciados salvajes! No dejaba de repetir aquel agobiante discurso, ya van a ver que algún día que  los chilenos y ecuatorianos nos aniquilaran a todos nosotros, no paraba de recriminarnos,  ya algo encrispado, por su parte el salón no parecía inmutarle y permanecía igual.
Luis en su carpeta tenía un cómic de Superman -El hombre de acero- y un Billiken arrugado que se lo había prestado el negro, Luisa Lane tan linda permanecía en un acantilado a punto de caer al precipicio más profundo, mientras el villano le hacía cada vez más largo su tormento… ¡Más rápido que una bala!¡Más poderoso que una locomotora!¡capaz de pasar edificios de un solo salto! ¡Arriba en el cielo! ¡Es un ave! ¡Es un avión! ¡Es Superman!…Sí es Superman…extraño visitante del planeta Kriptón quien vino a la Tierra con habilidades mayores a la de cualquier mortal!… y quién disfrazado  como Clark kent, tranquilo reportero de un gran periódico citadino, lucha una interminable batalla por la verdad, la justicia y el estilo de vida americano!.
Luis se imaginaba convertido en Superman, surcando  los cielos con los puños bien cerrados, sintiéndose en las nubes y  con el aire golpeando su rostro lívido, ¡Zas! Apareció el instructor nacido en Tarma y le pegó un golpe en la cabeza arrugando su revista predilecta. ¡Es por eso que andas en las nubes pedazo de estropajo! No atiendes nada y estas en la luna de Paita, traiga eso para acá, mañana lo quiero temprano con su padre, hay muchas cosas que  tengo que informarle acerca de su comportamiento y de su falta de compostura en  la hora de clases, por hoy doblaras la bandera y cantaras el himno en el patio, -Usted sólo me entendió, Peña-, hablé como hombre y no tiemble, los hombres nunca tartamudean, me escuchó.
El inspector salió de prisa y silbando una conocida marcha militar, Luis se frotaba la cabeza algo adolorido por el golpetazo.
-Ya hombre no es para tanto- repetía Idiáquez dándole pequeños golpecitos en su espalda, ya verás que el gorila ese no te hará nada, solo es una estrategia para amedrentar a los alumnos para que  se enderecen.   
Luis por esa mañana pensó en escapar, tirar contra e irse a los brazos de su madre para ofrecerle disculpas, hacer un plan de fuga por el convento, evitaría a los pastores alemanes que  custodiaban  las salidas del muro principal, se ocultaría en los baños mientras todos formaban  para no entrar al último examen de Física del año, pensaba en Dorita y en sus ojos verdes, en Eleodora y en sus piernas oscuras, en su padre cuando hablaba que en su casa todos habían sido Ministros y abogados, gente de bien, ningún vago.
Luis corría por los pasadizos, perseguido por los perros, sus cabellos rizados volaban junto a él, los recuerdos venían como ráfagas de ametralladoras, los perros ya le rozaban los talones, estaban sedientos de sangre, rabiosos dispuestos a acabar con él y hacer  jirones su uniforme de Polystel, cada vez  que se acercaban, ladraban  más y más fuerte. Luis corría – no pares se decía- imagina que eres Superman- él nunca se cansa, es el hombre de acero, no pares piensa en la recompensa cuando atravieses aquel portón, en ese haz de luz a la distancia corre, corre, corre…. 

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2 Respuestas a “El Rechazo

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