Cardo o Ceniza

Escritor es el que escribe
Raymond Chandler
 
Cómo será mi piel junto a tu piel
Chabuca Granda

Escribe:  Julio Páramo
Recorría su bajo vientre sin dar tregua, la luz era de un tenue plateado, mientras  sus dedos examinaban profusamente de arriba abajo su espalda amplia, descendía ligeramente sus manos  hasta llegar a los forúnculos ingenuos de su entrepierna, sometiéndola a varias embestidas de   furiosos besos. Maquinaba como un anarquista  la forma adecuada que debía de ser doblegada y la manera  más cruel que debía de ser dinamitada a pedazos. No podía elucubrar las más sórdidas pasiones, entrar por los recovecos menos insospechados, ensalivar sus hombros y sostenerla como una fiera feroz, muy poco para ese instante.
¡Despierta Felipe!-era su madre- golpeando la ventana de su habitación como lo hacía de costumbre cada mañana.
La mañana comenzaba a clarear raudamente, pero seguía haciendo frío, los brazos le temblaban, se levanto y apago el radio-despertador que lo tenía encendido desde hace una hora.
La superficie de la mesa del comedor estaba fría, solo en aquella pequeña habitación quedaban él  y Mr.blue, ese día el mundo se le caía a pedazos.
Se reprendía duramente por el tiempo echado a perder, debido a su holgazanería diaria, por esas noches y tardes desperdiciadas, se miró frente al espejo y comenzó a acicalarse. bajo la atenta mirada de Mr.blue, el gato. Felipe se rasuraba delicadamente con abundante espuma, golpeando la máquina de afeitar constantemente, cerró los grifos y arrojó con desprecio la toalla al piso. Contempló su armario y le agrado  ver un guardarropa abundante. Abrió una de las tantas  gavetas de ropa interior ordenada y blanca; en tanto sostenía el perfume con la mano izquierda, apuntando  el spray a  la parte posterior de las orejas y mentón, exclamando ¡Damn!
Ordenaba los papeles desordenados de su escritorio y salió corriendo para coger el primer autobús. El bus estaba lleno de bultos y mujeres vestidas con trajes típicos, custodiados por niños  con la cara mal lavada y masticando ciruelas silvestres.
La universidad era  un nido de ratas y de aprovechadores, era un lugar sucio y ruin, colmado de personas sin gracia y sin poesía. Sus manos llegaron  en alcanzar a una de las ranuras de la puerta antes de que sea cerrada por el maestro Sánchez ¡siempre tarde Estigarribia!- solamente se atrevió a musitar una disculpa sin sentido-.
La mañana pasaba sin novedad alguna con los lápices a la mitad y los borradores acribillados, llevaba un curso de Oceanografía agobiante a punto de ser capitulado, por no haber realizado la batimetría de un lago debido a su vértigo de trepar cerros y ensuciarse su chaqueta  nueva del Corte inglés, era el caro precio que debía pagar  por  escalar aquellos farallones desolados e infestados de alimañas y en donde solo existía el cielo en toda su inmensidad, lugar solitario y dejado al olvido por siglos, sitio funesto donde reventaban los termómetros y se  desparramaba el mercurio sin más remedio, las brújulas enloquecían y la presión barométrica subía por las nubes; no había abierto en semanas su manual de orografía, teniendo la imagen de Gay Lussac hasta en la sopa en bolsa.
La otra noche se la había pasado en vela, observando la colilla del cigarro que se le iba consumiendo de a pocos,  acariciando candorosamente la tapa del libro “Muerte en la tarde” de Hemingway.
Tenía una canción de David Bowie  en el inconsciente y una frase de un proverbio árabe mal redactado, los dedos los tenia extendidos para aguardar si cogía un taxi vacio en una noche de imperturbables muertos, con unos tipos al frente que malvivían y jugaban a los dados mientras bebían cachaza bajo la luz de un ruinoso farol.
Hacía más de  tres años que se había marchado a mejorar su inglés a Londres y Felipe quería seguirla, por el momento  ahogaba sus penas en brandy. Después de ahorrar algo de dinero por el humilde trabajo de traductor que solamente le  alcanzaban para unas cuantas cajetillas de Belmont y uno que otro capricho, voló hacia Londres y dio un largo paseo por el Támesis y por  el larguirucho Big Ben, compro dos boletos para subir al Golden eye, y ella fríamente  expuso su difícil situación.
Hablaba repetidamente de un rumano que había conocido recientemente en sus  juegos de cricket dominicales, hablaba acerca de las ardillas, de sus colas grises, de globos, de cigarrillos y de sus sesiones de espiritismo con Mrs. Phillman. Aquella noche estaba hermosamente vestida con un traje que se asemejaba a la muselina adornando su figura  una piedra de ónix,  sus piernas evocaban a las de Marlen Dietrich, los ojos de Audrey Tatou, el pelo oscuro de Marion Cotillard y los senos de Sofía Loren. Ese mismo día se despidió horonda con un beso frío en la mejilla y dejándolo con la vista superpuesta del Bridge Tower, con una inmensa rueda que no paraba de girar.
Bajó  de prisa para ver si conseguía cogerla del brazo, pero ella había desparecido completamente de la escena. El subway estaba atiborrado de gente inglesa, caminando sin rumbo fijo por Oxford street, Trafalgar square, pasando por el 221b de Baker street y dándole una vuelta concéntrica a Picadilly circus, que eran desiertos de gente, que se iban abriendo   paso a empellones; tratando de encontrar infaustamente una entrada para ver a los Arctic Monkeys.
Removía con cierta diligencia su café distraída en los anuncios televisivos, Felipe estaba algo descontento  trayendo aquellos recuerdos del Reino Unido a su mente, quebrándosele el alma como vidrios partidos.
¡Despabila! te dijo la volantina y le sostuvo de la mano un ligero instante, andas algo distraído últimamente, no tocaste ni una gota del milk-shake.
Volantina era socialista y creía en el poder de los suburbios, hacía ya más de tres años que se habían conocido en un portal del internet, además ella era la hija de una abnegada costurera que se había roto la espalda y malogrado los ojos de tanto zurcir camisas y pantalones para que su hija ingresara a la universidad y estudiara derecho. La volantina paraba de marcha en marcha y de plantón en plantón, organizados por  el grupo en  que ella militaba, siempre con el puño alzado  y repitiendo que el amor era un sentimiento burgués.
Mientras ella daba una conferencia revolucionaria, Felipe estaba pasmado en sus senos acogedores, recordando su triste viaje, no paraba de hablar de Volantine de Cleyre y el movimiento sufragista, y de otras grandes feministas que grababa sus frases célebres prodigiosamente, pero cuando en verdad nunca había leído ni una sola línea de sus libros; tenía el mal hábito de hacer ruidos con los sorbetes,  contaba sobre  cómo se vivía en un pueblo y las grandes carencias que tenían aquellas personas, sumado a  la indiferencia  de la gente de  ciudad.
 En las noches la volantina se convertía en una amazona salvaje, en Hipólita y su arco, daba rienda suelta a una miope lascivia, su cuerpo ya no era inexpugnable a los dedos exangües de Felipe.
-Tienes las manos duras ¡eres un snob, lechuguino y vendido!, despegaba como un cohete cuando le besaban la terminal de sus ojos, pero su cariño era compartido por otro, con un tipo igual  que ella y de pelo largo. Tú cardo yo ceniza.
Era viernes y los muchachos se reunían en los bares del centro de la ciudad pétrea, todo lucía aburridamente igual cada fin de semana, los mismos trajes, el mismo olor a tabacalera nacional y los mismos  rostros descuidados de toda una vida.
Rospigliosi jugaba al Pimball con Lucas Zambrano. Juvenal se les quedaba absortó mirando sus caras, mientras trataban de lanzar la pequeña bolita al espacio exterior, por aquel tiempo Juvenal  se mantenía ocupado  en su trabajo de amanuense del Tribunal de Justicia y solía invitarnos las copas, Jack  por su parte se mantenía con la mirada desorbitada buscando algún fumatélico  dentro de sus bolsillos, cavilaba y cavilaba profundamente mientras preparaba alguna broma de mal gusto, su vida de ex-cadete militar, hacían de él un tipo raro y algo extraño.
Felipe se acordaba mucho de Jack en ciertas ocasiones, puesto que él  era su único amigo del colegio, se solían escapar de las formaciones hacia el convento y atosigarse de cigarrillos hasta quedar tendidos junto a la pileta de piedra, charlaban acerca de las primeras mujeres que habían conocido, Jack demostraba gran sapiencia en las artes amatorias,  relatando grandes aventuras e idilios tormentosos con mulatas del Brasil, corrían sin descanso perseguidos por los pastores alemanes, viendo a San Pedro Nolasco sacarse la  cabeza, recorrer los primeros años de su vida, al rescate de prisioneros cristianos encerrados en mazmorras extranjeras, vigilados atentamente por los rostros patibularios de los infieles mahometanos, la expresión de los curas increpando groserías sin detenerse a observar los cuadros de Rubens y de Quispe Ttito.
Sin aliento y  hasta el último segundo te aferrabas duramente de su torso lanzando tacles al aire y golpes al viento, ese día de octubre que te agarraste a trompadas con un delincuente de baja estofa del salón, se te veía extenuado y herido en tu amor propio, hasta  tu caída final en una calzada del pasaje Grace, mientras tu desfallecías con la nariz sangrante, todos se reían y hacían  sorna de tu desgracia, ellos gritaban como simios y solamente los dos en aquella aberrante situación, luego tu padre te llevo a un internado militar de Lima y ya no se te pudo  volver a enterar de tu vida hasta hace no menos de tres años ciriando colegialas en tu cadillac negro, desde entonces se te ve cada viernes con el mismo gesto adusto de toda una vida.
– ¡Tíos! Que ha llegado el momento de felicitar a uno de nosotros, ya que por lo visto  uno de ustedes esta andando muy bien acompañado, eso es algo de extrañar, porque uno de nosotros ha dejado los libros a un lado y de masturbarse, debe de ser que ha encontrado en su camino un hueco apacible, donde pueda habitar como una marmota en el invierno, lo felicito y me alegro que haya encontrado su ansiada felicidad.
– Al que me refiero es a nuestro querido Felipe, el menos indicado en las artes amatorias y además de ser aún muy joven, por no haber gozado los placeres de la carne y asimismo por no haber encontrado ayuntamiento con hembra placentera, Felipito bonito e hijito único nunca pensé que encontrarías mujer, pensé que nunca dejarías de pensar en la Ceci desde que te dejó por ese rumano y que ahora en este mismo instante que nos encontramos bebiendo en esta mesa se la debe de andar tirando  en  Bucarest.
-Pero, em, em, em, esto merece un brindis, pensé que lo peor de tu ser, era que fueras Arequipeño.
-Arequipeño, para tú cólera, mal nacido.
-Bien, muy bien, ahora resulta que andas de plan con la hija de una costurera que a propósito es la que me cose las cremalleras de mis pantalones. – todo el mundo se echó a reír-
Rospigliosi lo cogió fuertemente del hombro, y le dijo pensé que jamás te olvidarías de ella –matador- imaginé que ella iba a poder más y que  terminarías con una sobredosis de opio.
Rospigliosi era el tipo más misterioso del mundo, también el más artista y arribista de todos nosotros, una vez en medio de unas copas, nos confesó que deseaba ser director de cine y  filmar como Win Wenders, mientras no paraba de lanzar carcajadas con sus ojos de pescado.
Aquel ambiente era desoladamente árido, un local a mediado de los años cuarenta y pico, con el bar tender Von krueger -El canciller de hierro- agitando la coctelera, con el  mastín encadenado a la puerta, con esa música impertérrita de Pink Martini y Ellis Regina.
-¡salgamos y busquemos perras! Gritaron ensordecedoramente, algo chispos por las botellas que morían en nuestras mesas, despotricando contra Velazco, el derrocado, ese milico me quitó mi hacienda y todo lo que tenía, ahora hay gente de tercera categoría en todo lugar, repetía Jack como un chacal, perdiendo el control de sí mismo por momentos. Y ¿cuál es tu opinión Felipe?
-A mi me da lo mismo y me importa un comino la política.
-Esa campesina tuya te está metiendo ideas en la cabeza ¿no? Ahora eres anarquista.
 -Te dije que no soy nada ni de izquierda ni de derecha, ni republicano, ni monárquico, ni liberal, ni conservador, me importa un pijo la politiquería barata de este país.
-¡Ah vaya! Ahora el señorcito se molesta!
-Pues entérate que no soy nada.
Entonces acompáñame a fuera, no te pongas en ese estado de crispación, ahora que utilizas Ralph Lauren, estas bastante irascible, y por cierto  hueles como una corista de cabaret, media botella de colonia te pusiste esta noche -¡ya déjalo en paz! No seas pesado con el tortolo fíjate que ahora anda encandilado con una mujer y ese es un gran motivo de celebración.
Sígueme, acompáñame es solamente un momento, no te hare nada, ya se te olvido  de que somos amigos. Ya volvemos, Jack se despidió tamborileando las manos sobre la mesa, no se tarden mucho, no vaya a ser que se inviertan los papeles y necesiten contemplar las estrellas muy juntos los dos.
-Cierren la boca, malditos bastardos y rosquetes- dijo Jack.
-Ven, vamos, pronto que tengo que recibir un encargo urgente, enciéndeme un cigarro
-no crees que ya es demasiado tarde para ir de paseo por ahí.
 Llegamos hasta la plazoleta de San Blas, estaba iluminada y repleta de ebrios, Jack  señaló a un sujeto que estaba sentado junto a las escaleras, se acercó aquella persona con el rostro cubierto por su polera y vistiendo un buzo color azul desteñido por el Sol.
-Mirá primo- -justo pa ti pé- naa pateao causa- -lookea pé nano- – chapa brother – -bien morety, primo – -no varón no sale naá menos- -a la firme pé, padre– -por esta que lo traje yo mismo del valle- -ahorita computo mas—yo mismo soy, el rey del mambo- –buena merca chato- -yo funo toa esta nota-¡De la selva su humo!.
Esto solamente lo hago por mi familia y por mis tres hijos que tengo que alimentar,  a mi la verdad no me gusta esa vaina de andar a escondidas, ustedes saben, todos los tombos te tienen marcado.
Terminaron pactando el trato con Jack con aquel tipo  que  asemejaba su cabeza a la de un puño, dirigiéndose personalmente a Felipe, usted no quiere, también tengo pepas por ahí, te las puedo traer si gusta, Felipe hizo un gesto negativo y se fue apresuradamente, al parecer para encontrarse con un par de turistas antojadizas,  en otra  transacción bastante turbia.
Por la mañana el padre de Felipe entró vociferando a su habitación ¡Mira lo que hacen con mi pensión! ¡me quieren matar! ¡No se puede confiar ni en los apristas ni en los indios! y ya ¡levántate pedazo de pelmazo! que te tienes que ir a la Universidad, llegaras tarde como de costumbre, pero que es todo esto lo que tienes ahí, que son esos papeles y libros desperdigados, déjame ver: Eça de Queirós ”O mistério da estrada de Sintra”, Fernando Pessoa, Alberto Moravia, James Ellroy, Raymond Chandler, Andrzejewski, Martín Adán, Valdelomar, Catalina Recavarren y Sommerset. Y entre otros tantos papeles garabateados a medio escribir.
-Tú haces todo esto-pregunto su padre.
-Felipe respondió tímidamente un simple –Sí-
-Pensé que eras un imbécil,  ya alístate pronto y cerró la puerta con mucha fuerza.
 
A la volantina la primera vez que la vio fue cuando se arreglaba el pelo y sus ojos coincidieron en el espejo con los de Felipe, la sostuvo de la cintura y le  comenzó a cantar una  canción triste. A la volantina la pude divisar a la distancia aquella tarde, se parecía a Jane Birkin algo más morena y con sabor a  pulque de ajo, llevando una banderola de la Confederación Unida de Estudiantes, sucedido por su amante de pelo largo y  mal vestido.
Era primavera y no tenía noticia alguna de la volantina, pasaron uno, dos y hasta tres meses, sin ningún telefonema suyo, ahogado en melancolía, tomando la decisión de llamarla pero al mismo instante de no hacerlo. Deseaba verla paseando a su perro por las noches, decirle que la conocía desde hace mucho tiempo, verla tratando de aprender inglés infructuosamente, escuchándola decir: Is the topic, is the topic… en sus labios altisonantes, discutir con sus maestros de derecho constitucional y de civil, observarla  ponerse reclamona y  malcriada, siempre erguida, nunca de rodillas con nadie, verle las pequeñas líneas que se iban formando en su nariz cuando sonreía, su mirada violeta, tan verde, tan chola. El tiempo lo absorbía todo en un color gris carcelario, las mañanas y las sombras eran los mejores acompañantes, podría llevarla al kasbah, a un night-club para convertirla en la pervertida más grande del mundo.
Godzilla destrozaba Nagoya y con su cola aplastaba gente, Felipe asustado miraba desde su ventana tratando de encontrar a  alpha centauri, señalando las luces centellantes y titilantes de las estrellas, obedecía a su instinto y bautizo a una nueva constelación con un nuevo nombre, cayó rendido al sueño eterno de los vencidos. Houllebeq era un viejo estúpido y Felipe no podía escribir ni un solo verso, su poesía era incomprensible, era por lo tanto un dadaísta. En su modorra imaginó su monumento, una estatua sin gracia y contrahecha que con el tiempo habría caído en el olvido, por su alrededor paseaban ancianos y se apoyaban palomas en sus hombros de bronce.  Vilmente  su monumento sucumbía mancillado por pintas procaces siempre al lado de Miguel Grau, su estatua acabaría siendo expoliada por los herreros de la ciudad para terminar como objeto ornamental de alguna casa de clase media. Se despertó por el ruido infernal de su casa de  Tambo de Montero, eran unos adolescentes ebrios coreando una canción de arena hash. Desde hacía no mucho  tiempo se le había ocurrido la idea de acabar con su vida,  pero cuando tomaba la  fatal decisión se le iban consumiendo las ganas de hacerlo.
Tenía la Smith & Wesson en su escritorio, empuñando el arma con  una gran dilección, haciendo girar el tambor, jalar el gatillo y esperar que el percutor sonora para que le reventara en la sien, bajando el arma con estupor  termino finalmente por acabar arrojando el revólver a su cama, pensó que no podía  privar al mundo de sus escritos y poesía mediocre, decidió peinarse y terminar una historia sobre Marilyn Monroe
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