La Luna Sin Estrellas

A Gabriela.
Llegué a confundirme con ella,
tanto…! Por sus recodos
espirituales, yo me iba
jugando entre tiernos fresales,
entre sus griegas manos matinales.

César Vallejo

Escribe: Julio Páramo
-¿Cuéntame algo?
Hace mucho que ya no vienes por aquí, repetía Fiorella, recortándole los pequeños mechones  de pelo. Me recuerdas  a mi hermano, hace mucho  tiempo que se fue a Noruega a trabajar, tienes su misma piel, su mirada torcida y sus ojos de serpiente pitón.
Ella lo miraba  de reojo  desde el amplio espejo de su establecimiento, Fiorella se aprestaba a  untarle de  jabón  y  sin ninguna demora pasaba sus dedos anchos y de amplios nudillos por su lánguida tez, sus manos gordas cubrían todo su rostro, y  la brocha resultaba ser un aparato minúsculo entre sus ampulosas manos. Mientras tanto Fiorella entre  dientes partía el guillete. Tienes la manzana de Adán grande como la de un ganso, decía levantando la voz la coiffeur robusta, mientras Javier reía y se veía  complacido por el trato de la mujer gruesa, hojeando una  caricatura de kaliman.
¿Hablas poco, verdad? ¿Eres como la mayoría de los hombres que solamente escuchan? ¿Cierto?
Bruscamente  Javier cerró el comic y se quedo pensado con  la toalla caliente  bajo el gaznate, ahora  brillas como una estrella de cine, volviste a tu cara de bebe, eres un engreído.
Javier salió del Barber-shop con una sonrisa a flor de piel, tenía guardado en el cartapacio unos folletos para venderlos. Era el quinto empleo del mes y tenía que conservar su nueva faena a como dé lugar.
-Perdón, señora le vengo a ofrecer este folleto sobre cómo mejorar su escritura en corto tiempo, tendrá la posibilidad de redactar sus propios documentos y oficios.
-Así no me diga, y le cerró la puerta de un portazo.
-Usted viene de parte de Salazar a espiarme, dígale que yo no le daré ni un centavo me oyó, ni a la india de su mujer.
-pero yo no vengo de parte de ese tal Salazar.
– Por favor marchase o haré  llamar  a la policía.
Javier desconcertado por lo sucedido, trataba  infructuosamente de encender un cigarrillo, eran casi diez cerillos  que se iban cayendo de a pocos en el suelo, en tanto unos tipos descargaban costales de azúcar de la agroindustrial Paramonga, y  se veían tan felices en su ocupación simple y burda, mientras reían al increparse  groserías.
El día era gris y con lluvia como algunos días de las ciudades del interior de los andes, los carros cruzaban raudamente las calles en un ciudad que antes no recorrían  más de cincuenta automóviles por las vías empedradas de  una mañana estéril.
 Aquella mañana Javier  tuvo que lidiar con amas de casa al borde del colapso nervioso, con hombres tuertos, con damas dadivosas, niños mudos  y  con un golpe abrupto en la jaula de un canario australiano.
Recordaba sus días de estudiante de arquitectura, antes de  abandonarlos  por no someterse a las ordenanzas de sus maestros, por sus constantes faltas por quedarse  leyendo a Nabokov, además de  seguir  a su prima para verla besarse con un ruso.
El asma crónica le había hecho abandonar todos sus sueños,  menos el de conseguir trabajos estivales a medio tiempo, su vida tenía que ser de labores temporales y el  de un sibarita a tiempo completo.
María pasaba esplendorosa frente a él, a veces Javier la seguía hasta su facultad de Biología para verla entre microscopios,  sintetizando el ciclo de krebs. Era tan linda, tan paciente y de pómulos salientes que Javier tenía la sensación de atrapar truenos y bailar con ellos en una danza interminable de amperios y  kilowatts.
 Javier se paseaba con las manos en los bolsillos, pensando en la  mejor manera de vender más folletos, aprestándose a subir al primer autobús que cruzara por su ruta. “Señores pasajeros, yo como agente de ventas de la editorial “Nuevo Perú “. Les vengo a ofrecer este sencillo folleto, pero instructivo en  su contenido, en  el que usted señora, amigo estudiante o pasajero podrá aprender de forma clara a redactar varios tipos de documentos desde una simple solicitud hasta petitorios, memorándums y habeas corpus que le serán de mucha utilidad en su vida cotidiana teniendo que prescindir de abogados o de cualquier leguleyo”. Javier vendió cinco de veinte ejemplares, uno le ofreció a un policía de sórdida apariencia y el último se lo entregó  a una maestra de escuela rural.
Javier palidecía de fiebre y su cuerpo perdía voluntad en su lecho, cuando su madre se apresuraba para ponerle compresas frías en su extenuada  frente. Sufría de delirios constantes y su madre le acariciaba los pies.
María pasó entre el medio de una multitud de obreros, mientras Javier la contemplaba de cierta distancia con una diligente mirada. Javier absorbía pacientemente las bocanadas de humo de su chesterfield rojo y sin filtro, las tardes duras y de soledad, se iban consumiendo al  entablar conversaciones absurdas con los pasajeros de algún autobús. Aquella tarde se encontró con Gutiérrez un ex-compañero de escuela, tenía los labios partidos y un triste semblante por haber contraído la fiebre amarilla en uno de sus viajes en búsqueda de oro a la selva, se abrazaron y caminaron sin rumbo fijo, Gutiérrez tosía y tenía olor a senectud,  luciendo como los tipos que había perdido toda esperanza frente a la vida. Gutiérrez habló acerca de la selva y sobre historias de negreros y barones del oro en Madre de Dios, en tanto Javier descansaba apoyado  en un farol vetusto y de poca lumbre. ¡Oh, Juan de Dios! Repetía Gutiérrez el nos salvo de los perros hambrientos de los Mamani, esos indios controlaban  toda la zona, una noche mataron a nuestro centinela de nuestro campamento a palazos, a veces al transitar por la selva nos  encontrábamos con hombres tirados en el fango cocidos a balazos. Javier despertó de su letargo, al percatarse de que ya se había consumido su último cigarrillo. Gutiérrez sacó un chupete de su chaqueta decolorada por el sol. Y ¡plop! Indios bastardos, no lo dejaban a uno laburar tranquilamente, sabes en la selva ¡plop! los mismos aborígenes se convirtieron en unos saqueadores¡plop! Todo es oro ¡plop! Nadie tiene derecho a hacer plata si no eres uno de ellos ¡plop!
Se despidieron cordialmente prometiéndose en encontrarse muy pronto, Gutiérrez bajo su adormecida mirada junto a la de Javier, y le dijo por última vez ¡Cuidate Javi!  A los pocos meses Gutiérrez volvió a la selva, apareciendo muerto a las orillas de un río.
Sus manos frías rozaban los muslos de Roxana Pazos, su mirada sardónica se entremezclaba con la prostituta de rostro prusiano y de mirada infantil en el salón adornado con pinturas barrocas, Javi le asignaba nombres falsos y jugaba con sus prendedores redondos, le decía: Elektra, Mirto, Hipatia, Yocasta…María. Se arrodilló frente a ella, rogándola que no lo abandonara por otro cliente. Sus labios despedían llamaradas purpúreas, y los ojos daban la sensación de desprenderse de sus orbitas. Las embestidas eran fuertes y ella gemía sin descanso, desfalleciente entre sus piernas pulposas; de pronto vino le petite mort y Javi cayó rendido entre los almohadones mullidos, durmiendo el sueño de los  vencidos.
Se puso el jersey azul y se amarró los pasadores, pensando sobre su estancia en aquel lugar, los salones eran  amplios y se encontraban llenos de militares ebrios tratando de acomodarse en los pechos  descubiertos de aquellas mujeres de la vida pública.
 Pidió un volován y se marcho de la cafetería, tratando de encontrar un flirt con cualquier dama de la calle, quedando solamente los escuálidos faroles iluminando la calle, pensando a cada paso  en el tiempo recorrido hasta ese momento, sosteniendo la mirada fija y meditabunda en un anuncio de cigarrillos que le recordaban algunos versos de Jules Supervielle.
Trataba de mala manera de encontrar alguna respuesta a los renglones torcidos de la existencia y el ser, deliraba y se ponía a arrullarse así mismo cantando una canción de Bing Crosby.
La figura de Javi era palaciega y áulica, él se sentía un dandy en medio de tanta incertidumbre y corrupción,  tenìa la obcecada idea de escribir algún texto de cine del que solo se animo a esbozar el título: “Blue Machines And The  Velvet Hounds”. Trama desesperada de la búsqueda del amor y la carencia de afectividad, héroes y vagabundos entremezclados en un departamento de New Brunswick. No conocía a nadie para darle a conocer estos textos, grandes en estilo pero pequeños en la forma de abordar la historia.
Los perfumes baratos le recordaban al auto de su padre,  acompañado  de otra mujer, Javi de nueve años los vio abrazarse y reírse  a ambos tomados de las manos, Javi paso abyecto y a la vez altivo, sin que nada mas le pudiera perturbar en ese instante, a su padre le gustaban las relaciones ocasionales con cualquier polilla resbalosa que se le atravesara en su camino. Esto conllevo a la total insanía de su madre, a su padre le veían recorrer el Club Nacional en su Ford plateado, engalanado y cortejando a diferentes mujeres, visitando los mejores mesones de la ciudad, desde ese instante Javi prometió no tener fe y confianza en ninguna persona de este mundo.
Vas a salir hoy, estas con el pelo engominado y con la ropa de los domingos, le susurraba suavemente a los oídos, su madre  tenía un aspecto deplorable por culpa de su padre. En el fondo eres como él, luces su mismo aspecto vil y traicionero, antes tu padre me rogaba para salir a cualquier lugar, hasta los domingos llamaba a la casa de tu abuela, se ponía de rodillas y me prometía una vida feliz a su lado y ahora mírame como me ves ahora toda desgreñada y sin brillo, yo le di a tu padre los mejores años de mi vida, le regale mi juventud y ahora ves como me paga, ahora se somete a los mandatos de cualquier mujerzuela, le compra joyas y vestidos y para mi nada, no valgo ni un centavo para aquel hombre, su madre se echo a llorar efusivamente en la cama de Javi, sus lagrimas eran lilas, puras de un sonido canoro  casi celestial, pero a la vez eran lóbregas y desesperadas.
Javi cerró la puerta, acomodándose el saco con el cigarrillo  a un costado de la boca, como la foto de Paul Newman que adornaba su espejo, dudaba en emprender la  búsqueda de María, Javi  ya conocía muy bien su dirección y el circulo social en que se rodeaba, iría de frente y sin tapujos para confesarle sus sentimientos, sería un arrebato enloquecido, un desgarrador impulso que lo llevaría al frenesí absoluto, sus días negros se irían en balde para cambiarlos de un color que le sonría a la vida. Sin percatarse y siempre distraído un Fiat lo embistió, arrojándolo al asfalto plomo y se fue dando tumbos hasta la otra calzada, Javi esbozo una ligera sonrisa y cerró sus ojos por última vez.

Soundtrack:

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