Archivo mensual: abril 2013

El Otro

El  Otro

Ensayo De Un Film

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 Escribe: Julio Páramo

A Leónidas Yerovi, poeta y amante…

 “Yo vivo allá en Barranco junto al mar…”

Abraham Valdelomar, en el funeral de Leónidas Yerovi.

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Federico García Lorca.

Hoy  me di cuenta que soy el otro y  un tonto. Un amante siempre será una manzana mordida, un pequeño hombre que  se dedicara a consolar las horas huecas de alguna mozuela desconsolada.

Los viernes la besaba en la puerta de su casa, pero tenía marido. Un marido que la esperaba con la sopa caliente y los hijos hambrientos bajo la mesa. Los días eran míseros como las lluvias esporádicas de abril, en que uno se dedica únicamente a vagabundear y a malvivir  por los últimos  rincones de la  ciudad. Liseth me citaba cada viernes a las seis en punto, cuando la ciudad despedía olor a  pan y a cigarrillos Kent.  La solía esperar debajo de un arco maltrecho cerca de la plazoleta de una ciudad pequeña, para oírle hablarle de poetas y de libros. Ella decía que provenía de otro país, pero su hermoso acento de sierra la dejaba al descubierto.

Yo la veía caminar sola y sin compañía alguna, nunca se refería a su vida privada, me daba besos en las mejillas, tan pronto como llegaba se metía corriendo al pequeño zaguán de su residencia, ella mordía los duraznos de los mercados y comentaba dulcemente los libros que solamente había leído en  los resúmenes de alguna revista, sus mensajes  eran escuetos y vía on-line, las manos las traía raídas de tanto fregar platos debido a su trabajo  de camarera.

Los días de estar solo  se habían quedado atrás cuando conocí a Liseth, de la meliflua voz. Yo era tímido y algo parco, mientras ella no paraba de hablar de los defectos de la gente. Cigarrillos y más cigarrillos fumaba junto a ella, era una locomotora, una fumata blanca del Vaticano nauseabundo, un esperpento de volutas de humo sin rumbo alguno, figuras de caracol sin ritmo, en la ciudad obscura, solamente amantes.

Los parques son  lugares horribles donde se besuquean las parejas al salir del trabajo o de las universidades,  yo me sentía igual que todos los mediocres buscadores de placer, un hedonista impetuoso, displicente al verme desangrado entre sus largos brazos.

En las mañanas revivía, pero llegada la tarde desfallecía,  los atardeceres en las ciudades de provincia son asfixiantes, los pasos son duros e interminables, buscando el suave bolo de un grupa cariñosa, sin ansias y rendido entre las voces de amigos ruidosos de escuela.

Salí corriendo de la reunión a tomar el fresco, la noche lucía descuidada y Plateros se asemejaba al desierto de Gobi, las alucinaciones con imágenes del desierto era recurrentes en mis sueños, mis labios estaban partidos a causa del frío y los malestares eran un nudo en el estómago. Esa mañana salimos de la facultad de empresariales rumbo al parque, el único parque de ese lugar.

Me llamaban Lucas, y vendía al menudeo cigarrillos de contrabando, algunas veces compraba cigarrillos a bajo precio y los camuflaba en cajetillas de marca, a falta de dinero conseguía uno que a otro sujeto de extraña apariencia que tenía guardados en algún almacén del centro cigarrillos “Inca”. Cigarrillos de olor nauseabundo, haciéndome evocar el olor de oficina  de mi abuelo. Mi abuelo me sentaba en sus rodillas, dejándome desordenar los papeles de su escritorio,  me encantaba jugar con su pluma fuente y  con su antigua máquina de escribir marca Remington. Escuchábamos pacientemente los partidos de fútbol en una radiola envejecida, se solía enfadar con los pequeños cortes de transmisión de onda corta, en tanto el locutor de  radio española, gritaba: ¡Gol!

 Mi abuelo me lanzaba por los aires y yo no paraba de reír, dejándome caer en sus suaves manos. El  dejó  de existir  de un infarto un miércoles de ceniza, cuando yo velaba  su sueño, se fue murmurando  historias relacionadas a caníbales de pieles azules y como había naufragado en la selva  del  Marañón, maldiciendo a un sujeto apellidado López.

Bastaba solamente  una llamada  para estar junto a ella, el día que me dejo fue un día de abril un día antes de mi cumpleaños, debido a las incesantes amenazas de su marido. Regresamos al parque en donde se encontraban algunos universitarios ebrios libando licor, todos parecían alegres sin ninguna razón en común, todos lucían camisas a cuadros y pantalones pegados, ellos vestían siguiendo la moda  skater y el pelo engominando brillando en el sol.

Su marido me amenazó de muerte, puso un precio a mi cabeza, ella nunca dijo nada, ni mucho menos dijo que me alejara de ella y de su vida, al parecer era un escollo difícil  de atravesar en su camino, dejándome en el absoluto desamparo emocional. Ese día me puse a beber como un demonio. Lo mejor que puede hacer un hombre es beber cuando no se tiene a nadie, me repetía a mí mismo y así como lo pensé, lo dispuse. Las cervezas eran azules y subían cada vez más rápido  y en cada piteada se iba acortando mi vida.

Su desprecio lo tenía pegado a las pocas carnes de mi cuerpo, su olor a diésel me estremecía el cuerpo, sumado a las cuchillas de afeitar de sus besos, me dejaban  aún más abatido. Bebí todo el día en un parque descuidado alejado del centro, el pasto lucía crecido y con restos de botellas aniquiladas por otros bebedores, las manos las tenía negras y descuidadas,  Sebastián me dijo que estaba hecho un desastre.

Sebastián tenía los ojos rojos de tanto fumar, tratando de encontrar los restos hundidos de un galeón español en el mar Caribe, tenía los  gestos de un hombre rudo entremezclado con la sonrisa de Jean Gabin, nos marchamos de aquel lugar porque no tolerábamos el ron de Jamaica.

-Entiende bien una cosa, las mujeres solo quieren sexo, que te quede bien claro eso, ya no puedes ser el hombre que las acaricia y las besa, porque en el primer momento de debilidad te sacaran de su vida, además imagínate que por cada mujer entre bella y no tan bella, existe algún tipo rondándola y tratando de cortejarla. Así que ya déjate de tonterías y ¡Levántate¡ ¡Hombre! ¡Vámos, se fuerte!

Mira que tengo un plancito en una fiesta de graduación de Derecho.  Ya la noche llegaba hosca con  estrellas tintineantes en el firmamento, el viento resoplaba fuertemente en mi rostro volviéndose cada vez más negro por el frío. Llegamos a una fiesta de apariencia tradicional,   asemejándose a  una de esas celebraciones populares de Paucartambo en honor a un santo.

Sebastián algo mareado dijo con la mirada fija puesta en los míos, mira el de allá sentado a tu frente, quieres ser como él -un pobre  pavo- además se está durmiendo, mira hay muchas mujeres en este lugar, cuando teníamos fiestas en este sitio cada uno se agarraba a una y nos quedábamos en la esquinas abrazados, mira la del asiento del costado, acaba de decir que hace más de un año que no tiene enamorado, entonces ya debe de tener ganas de un hombre, entre los disparos  de saliva y verborrea de Sebastián, me quedé estupefacto viéndolo mover sus labios de arriba abajo  y la pequeña cicatriz que se hizo a los trece años cuando se rompió la ceja montando skate. En ese instante recordaba a todas las mujeres de mi vida desde mi primer beso hasta la triste Liseth.

Mi primer beso los di a los catorce años en una casa humilde cerca del Aeropuerto, ella tenía la piel morena y los labios grandes, estudiaba en un colegio mixto y era coqueta, siempre llevaba un lazo rosa atado a su cabello rizado. Un día de arrebato yo y Eduardo nos fugamos de la misa del colegio, Eduardo por ese entonces ya tenía novia, y yo solamente lo  acompañaba a sus encuentros furtivos con las manos siempre ocultas en el bolsillo, esperándolo  debajo de una morera para dejarlo en su casa. Ese día tomamos taxi hasta una zona de dudosa procedencia, compramos un licor barato, y escuchando The Verve me puse a besarla como un loco, tanto como otros lo habían hecho antes con ella. Luego apareció Anabella de los labios pequeños y de pequeña estatura, Sebastián solía andar con ella  y le gustaba ufanarse de que él había sido el primer hombre en su vida. Yo la bese en una fiesta de quince años bajo complicidad suya, luego hubo una pelea con su enamorado. Después de estar solo por largas temporadas, conocí a Maribel ella se encontraba en cuarto de secundaria, yo por ese entonces había regresado de mi viaje de promoción y me encontraba indefenso, no tenía pareja de promoción e irremediablemente  tenía que llevar a mi prima a la fiesta. Carlos me dijo que conocía a una chica, era de un colegio nacional de mujeres, se llamaba Esther,  bajo la anuencia de su madre acepto gentilmente ser mi pareja de promoción. No la había visto nunca, me puse mi mejor traje, me anude los gemelos y salí con el pelo engominado, vivía en Marical Gamarra, en un departamento de una Unidad Vecinal, tenía los ojos saltones, los bucles recién peinados, y unas pecas en su naricilla,  ella me dijo que le gustaba Andrelo y que de grande iba a convertirse en Aeromoza, la bese el primer día que la conocí, debido a mi falta de experiencia como amante, nos caímos de las escaleras en el momento de la presentación de las parejas de promoción, pasando el ridículo de mi vida. Ella vino a buscarme el día de la clausura del colegio, la vi desaparecer entre la gente porque no me habían galardonado con ningún premio, pasados lo días me  buscó en la Academia, nos besamos en un amplio arco por última vez, llamó a mi casa para terminar conmigo. Entre días felices, me dedique solamente a salir y a jugar con mis amigos al billar, prontamente apareció Fernanda con su ráfagas de color castaño,  mi primera novia formal, era de esbelta figura y tierno rostro, nos solíamos ver en un parque del barrio Magisterial, entre idas y vueltas, sumado a las interferencias de mis amigos, la relación no concluyó a buen puerto, ella me pidió volver, alguien me dijo que se había marchado al extranjero, nunca mas tuve noticias sobre ella. Después de un largo periodo de sequía emocional, ingrese a la universidad, no me importaba nada ni nadie, nadie mas que yo, entrando en un periodo de auto exploración personal.

Conocí a Juana, salimos un día y nos pegamos una borrachera de padre y señor mío, ella era punk, nos veíamos por mi casa o en el local de sus amigos subterráneos, luego yo le pedí que diéramos fin a nuestra relación en buenos términos. Luego apareció otra chica punk con ella conocí el amor y los placeres de la carne, nos tomábamos de la mano y la poseía cerca de un complejo arqueológico de San Blas, ella fue la única persona que lloro profundamente, cuando le anuncie  mi decisión de que iba a abandonarla, pero por alguna extraña razón, nunca congeniamos, había una barrera infranqueable que nos separaba, ella fue la que me maldijo, ya que nadie me iba a amar como ella lo había hecho, lanzándome una sortilegio para toda la vida.

Así pues empezaba otra temporada en el infierno y de absoluta aridez, aparte  de que cada día me iba convirtiendo en un sujeto  más parco y meditabundo. Teníamos grandes fiestas, acudíamos  a distintos lugares y no lograba congeniar con nadie, hasta que una vez conocimos a un par  de mujeres que caminaban solas acompañadas de un licor de mala calidad, bajamos del Fordcito dorado con mi amigos a jugar cerca de un pinball, ellas nos saludaron, nos acercamos y les invitamos un trago, sus nombres no  los puedo recordar, una de ellas me abrazó  sin conocerme, simplemente sabía que le gustaban Los Bunkers, le acompañe hasta su casa, la bese y salieron sus padres, tuve que escaparme raudamente, nos prometimos volver a ver, nunca más apareció. Al transcurrir del tiempo conocí a la Volantina, la bese en el mirador de San Cristóbal, finalmente me involucre con una prostituta juvenil que atendía a jovencitos, nunca me pido dinero, pero desapareció de la noche a la mañana estafando a varias incautos. Hasta el día que conocí a Liseth, una linda mentirosa que desapareció sin decir nada, una vez le dije que la quería pero nunca que la amaba.

Lucas recordaba los amores de su vida mientras, todos bailaban danzas autóctonas, Sebastián le inquirió en el rostro la expresión -Para eso te traigo para ver tu rostro mustio y apagado- Ven vamos a bailar, en aquel instante violento se puso a pensar en toda la gente que alguna vez había pasado por su vida, la mujeres, su madre, la gente de la calle, sus amigos que había perdido, a las personas que despreciaba, a la chica de contabilidad que se quedaba prendida mirándolo y nunca le había  dicho palabra alguna. Sebastián bailaba como un alma posesa, y Lucas pensaba sobre las miles de personas que existían en el mundo, algunos se quedan, otras se van.

Vio su móvil y tenía doce llamadas perdidas de su madre, eran la cuatro de la madrugada,  tenía que marcharse pensó en besar a Violeta siempre la había deseado, ahora que se encontraba ebria y discutía junto a otro tipo acerca del Aeropuerto nuevo que iban a construir en la ciudad, ella le pedía más cerveza y  Lucas le sirvió en su copa. Lucas pensó en desquitarse con ella, llevarla algún lado para hacerla suya y luego olvidarla, por el simple hecho de hacerlo para llenar el hondo vacío de su interior,  para borrar de la  memoria el recuerdo de una mujer casada, contemplaba el escenario como un director de cine, viendo a Sebastián besarse con una mujer obesa, prometiéndole que no iba a decir nada al respecto para no dejarlo en evidencia y sobre todo para no hacer escarnio público frente a sus amigos, cogió su sacó, espero un taxi con el miedo acuestas de ser asesinado o de ser vilmente masacrado, salió de prisa empujando a un tumulto de hombres que se proferían insultos al discutir sobre marcas de automóviles europeos. Bajo las escaleras, abrió la puerta, pregunto la tarifa hasta su casa donde su madre la esperaba preocupada debido a su comportamiento errático y libertino, mientras el coche comenzaba a avanzar las luces pasaban de prisa, en la radio se escuchaba que Corea del Norte desplegaba misiles de destrucción masiva, Lucas se sentía igual que aquella nación subdesarrollada y desprotegida, aislada del mundo bajo el yugo de un desequilibrado, se agarraba las manos, encendió el ultimo pucho que encontró en su chaqueta, mirando inmutablemente  el retrovisor del conductor que lo observaba con cierto desagrado. 

Fin.

Soundtrack :

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Una Historia a Color

Una  Historia A Color

Por: Julio Páramo.

La lluvia cubría con ligeras gotas grises sus parpados azulinos en charcos inmóviles de virginal pureza, al terminar de  escuchar un waltz de Strauss. La aguja del fonógrafo RCA Víctor, resonaba en un singular latido de corazón; Ofelia sostenía una botella de Scotch entre sus dulces manos, observando todo lo que sucedía a su alrededor, sintiéndose una  reina, admiraba el dibujo del Fox Terrier oyendo el gramófono berliner.

Después de mis clases de rumano, solíamos recorrer las calles abrazados  por la ciudad de piedra. En el instante eterno del  cambio de luces del semáforo, le prestaba mucha  atención a su pequeña nariz y a sus ojos de mariposa, recuerdo a Ofelia caminar al borde  de la vereda con su walkman, dando largos pasos en compañía de Prokofiev.

Al día siguiente me lustraba los zapatos profusamente y me arreglaba el saco para dirigirme a su casa para escucharla cantar como sirena y conversar sobre temas  fútiles, solía mirarla fijamente,  pero las luces de su jardín parecían desenfocarla; le hastiaban profundamente los libros de caballería y prefería leer los tebeos y las historias rosas que por aquellos días escribía en el semanario de la ciudad.

Me ocultaba de ella, cuando dibujaba corazones en el aire, me  situaba  detrás de un árbol para contemplar sus muslos carnosos y abultados, sus senos aspiraban todo el aire de la tarde y sus pestañas se cerraban al momento de voltear las páginas de sus revistas de moda.

Ella decía ¡oh, yeah! Y repetía constantemente ¡oh, honey please! Su voz alcanzaba un tono suplicante para que cambiara el cassette de Boby Vinton por algo más actual, por aquellos días era mi costumbre cargarla por la cuesta de Santa Ana, arrancando suavemente las raíces que brotaban de su pelo. Me quedaba junto a ella todos los sábados viendo televisión o algún enlatado americano, yerto entre sus piernas.

¡Don’t look! Repetía incesantemente cubriéndose con las sabanas  al momento de correr hacia la tina, remojaba sus piernas de leche en agua tibia, cruzándolas delicadamente, para lavarlas con abundante espuma de jabón.

Ella me dejo una tarde roja y comunista, cuando las nubes coloreaban las calzadas de la ciudad imperial.

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